Y entonces existe una forma de comportamiento que sólo el ser humano es capaz de adoptar como una entonación misma. Un grito. Quizás como un aullido, pero no como decía Ginsberg, ni como una generación perdida de drogadictos y genios. Sino más bien como una inflamación del pecho encuadernada con la voz de una especie de delirio. Más bien como una explosión intrínseca de los líquidos que digiere la conciencia. Una generación de histéricos.
Y así se recorren los tejados, saltando abismos como quien salta intermitencias en los semáforos de una boca, y dice que no encima de la x que lleva un cuerpo pegado por defecto.
Así se recorren las intolerancias que tiene la vida con los histéricos que la mueven. Y un día cualquiera estornudo de pulmonía las medias mentiras que me han contado, y que me han hecho ser la enfermedad de una sonrisa.
El ritmo que empina la botella al mismo tiempo que la bebe, la misma sensación de encajar la dilación, como desencajar la rabia. El mismo impacto que sufren los ciegos cuando se les habla de universo circular. La misma arcada que tienen los refugiados cuando se les habla del cielo.
Un poco así. La naturaleza de la decepción.
Cuando decepción significa que las verdades a las que te han invitado eran de saldo inferior a las verdades que has creído.
Cuando entiendes la frase "Prometer es.deuda"
Cuando crees y de pronto, dejas de creer.
La botella no es la solución. Y olvidar quizás tampoco.
Pero, esta es mi respuesta.
¡SALUD!
Dialéctica Humana
(Todo lo publicado está registrado. Ado.Ado.)
martes 21 de febrero de 2012
sábado 11 de febrero de 2012
3+1
Había aquel día un mapa que llevaba la sombra de cada lunar en el mundo. Cuando ese mundo eran dos cuerpos pegados haciendo universos con los ojos. Me perdí en aquel mapa buscando la salida. No había salida. No existe ninguna forma de escape en el laberinto que pintamos con los nombres que inventábamos a oscuras. Tienes veinte nombres que son sólo míos. Eres veinte nombres que me pertenecen.
Con los labios hicimos ingeniería. Construyendo siempre cuatro vértices anclados a la cama.
Nunca jugamos al escondite. Porque no supimos no encontrarnos. Era un juego imposible.
Lo sé.
Había aquel día un calefactor en medio de una habitación helada. Una manta y una nariz fría que buscaba escalarte el pulmón. También respirábamos. Aguantando el aire. Rompiendo el vaho. Creando el verano en un sofá pequeño.
Ese día el mapa parecía gigante. Hicimos miles de kilómetros. Dormimos diez minutos rescatando el aliento. Lo sé. Que apenas dormimos. Que contigo siempre he tenido sueño y sueños. Que nunca dormimos. Porque el tiempo es un desnivel en este mapa que parecía un asterisco.
Lo sé.
Que es un mapa que sólo tú conoces.
Que sólo yo pude recorrer.
(https://www.safecreative.org/work/1202111065438)
Con los labios hicimos ingeniería. Construyendo siempre cuatro vértices anclados a la cama.
Nunca jugamos al escondite. Porque no supimos no encontrarnos. Era un juego imposible.
Lo sé.
Había aquel día un calefactor en medio de una habitación helada. Una manta y una nariz fría que buscaba escalarte el pulmón. También respirábamos. Aguantando el aire. Rompiendo el vaho. Creando el verano en un sofá pequeño.
Ese día el mapa parecía gigante. Hicimos miles de kilómetros. Dormimos diez minutos rescatando el aliento. Lo sé. Que apenas dormimos. Que contigo siempre he tenido sueño y sueños. Que nunca dormimos. Porque el tiempo es un desnivel en este mapa que parecía un asterisco.
Lo sé.
Que es un mapa que sólo tú conoces.
Que sólo yo pude recorrer.
(https://www.safecreative.org/work/1202111065438)
sábado 4 de febrero de 2012
Disciplina de vuelo
Aprender a volar es un estado de excepción en el cuerpo, una guerra de doble hipotermia que absorbe el influjo de la temperatura en el cielo de la boca. Y sólo hay que saber levantar los brazos y empujar con el instinto. Esto parecería demasiado fácil si no fuese por la dificultad de despegar del terrenal concepto de instinto. Este concepto no es un simple elemento reactivo ejecutado por las terminaciones nerviosas del cerebro, si quiera por las estructuras neuronales, va mucho más allá de la terminología básica del ser humano. Y de su espiral matemática.
Volar no es un verbo cuya conjugación entrañe clase alguna de multiplicación de género y número. No hay una ramificación que pueda asimilarse como vuelo y volar si no es Vuelo Y volar de forma simbiótica y de forma específica.
Aprender es romper una y otra vez. Romper despegando, romperse los huesos, el hilo de la voz colgando de las palabras. Romper desangrando el aire. Romper asfixiando el aire. Romper humedeciendo la sequía. Romper indistintamente el estar y el ser.
Subir los brazos, que son materia, empujar el instinto, que es refugio de materia. Y enajenarse de las setenta estaciones del cuerpo antes de entrar en fase REM.
Y entonces.
Sólo volar. Únicamente volar.
Volar no es un verbo cuya conjugación entrañe clase alguna de multiplicación de género y número. No hay una ramificación que pueda asimilarse como vuelo y volar si no es Vuelo Y volar de forma simbiótica y de forma específica.
Aprender es romper una y otra vez. Romper despegando, romperse los huesos, el hilo de la voz colgando de las palabras. Romper desangrando el aire. Romper asfixiando el aire. Romper humedeciendo la sequía. Romper indistintamente el estar y el ser.
Subir los brazos, que son materia, empujar el instinto, que es refugio de materia. Y enajenarse de las setenta estaciones del cuerpo antes de entrar en fase REM.
Y entonces.
Sólo volar. Únicamente volar.
miércoles 1 de febrero de 2012
En.eros
Trenes, aviones, trenes, autobuses, taxis, trenes, coches, bicicletas... y todo al fin y al cabo el mismo movimiento hacia el nuevo mundo o el mundo en punto y seguido, un espacio equidistante en el pecho, donde los kilómetros no existen y entonan los trayectos del infinito en un mismo segmento.
La voz en la misma ronquera que las manos, que no terminan de cuajar en este frío fundido. La paralela de una palabra que va a parar al cruce imposible de la garganta, al incómodo carraspeo de lágrima. Y efecto adversario.
Nunca supe ganar. Y soy experta en pérdidas de retina.
He vuelto a despegar.
Y si en este Alfa hay hueco para un Omega. Me quedo.
No me arranco las coordenadas. Porque existo en la memoria. Y cada vez que haya un hueco donde atrapar los buenos días, estaré.
Y cada vez que haya una forma de reírse de lo imposible. Reiré.
Soy floja. Pero supe hacer nudos en cada articulación del miedo.
Y estaré en Nueva York cada 29 de mes.
Para esperar en el aeropuerto del calendario.
Soy Enero.
La voz en la misma ronquera que las manos, que no terminan de cuajar en este frío fundido. La paralela de una palabra que va a parar al cruce imposible de la garganta, al incómodo carraspeo de lágrima. Y efecto adversario.
Nunca supe ganar. Y soy experta en pérdidas de retina.
He vuelto a despegar.
Y si en este Alfa hay hueco para un Omega. Me quedo.
No me arranco las coordenadas. Porque existo en la memoria. Y cada vez que haya un hueco donde atrapar los buenos días, estaré.
Y cada vez que haya una forma de reírse de lo imposible. Reiré.
Soy floja. Pero supe hacer nudos en cada articulación del miedo.
Y estaré en Nueva York cada 29 de mes.
Para esperar en el aeropuerto del calendario.
Soy Enero.
viernes 13 de enero de 2012
Re.Cuerdo
Es la forma de recuerdo, una metodología de navegación que retrocede veintiún inviernos dóciles como un perro que se acaricia en códigos de regalo y castigo.
Un recuerdo es la manera de no desvincularnos de quienes fuimos alguna vez, de quienes fuimos cuando mordíamos los cuellos de la adolescencia haciendo humo con la boca, cuando un columpio sonaba a hilo limpio de movimiento, y no a viejos parques que hoy sólo toman conciencia con una cerveza tirada y un niño recordando lo que éramos entonces.
No sé si los recuerdos son un martirio o una posibilidad de resistencia en clave.
No sé si haber recordado guerras capituladas y abstenciones indiscriminadas, y rogarle al cuerpo que deje de hacer chasquidos con la memoria es un propósito de voluntad.
Lo único que sé es que todos los recuerdos son un arma de doble filo, que arrastran sangre y rehuyen vena.
Llamas a lo que vives con palabras distintas, porque ese mismo vocabulario ayer no construye la misma simbología hoy. Y mis símbolos son gigantescas ruinas donde es necesario poner entre comillas las cicatrices.
Cuando una caída es un recuerdo, y otra caída un recuerdo, y la misma caída una experiencia, y los mismos golpes una cita de mañana, entonces se formula una simbiosis de recuerdo y recuerdo non nato, que esperan fundirse en algún punto de la línea del tiempo.
El recuerdo de haberte entregado siempre, sin malditas condiciones, con la misma fuerza con la que embisten los fugitivos después de haberse despedido.
El recuerdo de haber amado en una ocasión, quizá en dos, sin malditas estaciones, con la misma rabia con la que homenajea un hijo a su madre después de haber cumplido setenta años en el umbral del hospital.
El recuerdo de un niño que no tiene recuerdos cuando toda esa inercia es un esfuerzo por olvidar. Una quimera de eliminación sistemática del pecho.
El recuerdo de los labios pirómanos haciendo fuego con las horas.
El recuerdo de haber luchado hasta lo exhausto por la salud y por la vida.
Por la felicidad a medias de un abrazo intermitente.
El recuerdo de haber recordado hasta las encías el fin de un recuerdo que era un día o una sucesión de meses contenidos en el pulmón del pasado.
Pero ayer ya es un recuerdo.
Y el tiempo un tecnicismo usado en el manicomio.
Y yo misma, un recuerdo de lo que soy cada vez que pasan tres cuartos de hora.
Lo único que sé recordar es
las veces que he sabido
ser yo.
Y quien se arrepienta de lo humano,
que no se atreva a criticar lo imperfecto.
Hay muchas razones para recordar.
Pero yo, hoy,
no tengo ninguna.
(https://www.safecreative.org/work/1201130908368)
Un recuerdo es la manera de no desvincularnos de quienes fuimos alguna vez, de quienes fuimos cuando mordíamos los cuellos de la adolescencia haciendo humo con la boca, cuando un columpio sonaba a hilo limpio de movimiento, y no a viejos parques que hoy sólo toman conciencia con una cerveza tirada y un niño recordando lo que éramos entonces.
No sé si los recuerdos son un martirio o una posibilidad de resistencia en clave.
No sé si haber recordado guerras capituladas y abstenciones indiscriminadas, y rogarle al cuerpo que deje de hacer chasquidos con la memoria es un propósito de voluntad.
Lo único que sé es que todos los recuerdos son un arma de doble filo, que arrastran sangre y rehuyen vena.
Llamas a lo que vives con palabras distintas, porque ese mismo vocabulario ayer no construye la misma simbología hoy. Y mis símbolos son gigantescas ruinas donde es necesario poner entre comillas las cicatrices.
Cuando una caída es un recuerdo, y otra caída un recuerdo, y la misma caída una experiencia, y los mismos golpes una cita de mañana, entonces se formula una simbiosis de recuerdo y recuerdo non nato, que esperan fundirse en algún punto de la línea del tiempo.
El recuerdo de haberte entregado siempre, sin malditas condiciones, con la misma fuerza con la que embisten los fugitivos después de haberse despedido.
El recuerdo de haber amado en una ocasión, quizá en dos, sin malditas estaciones, con la misma rabia con la que homenajea un hijo a su madre después de haber cumplido setenta años en el umbral del hospital.
El recuerdo de un niño que no tiene recuerdos cuando toda esa inercia es un esfuerzo por olvidar. Una quimera de eliminación sistemática del pecho.
El recuerdo de los labios pirómanos haciendo fuego con las horas.
El recuerdo de haber luchado hasta lo exhausto por la salud y por la vida.
Por la felicidad a medias de un abrazo intermitente.
El recuerdo de haber recordado hasta las encías el fin de un recuerdo que era un día o una sucesión de meses contenidos en el pulmón del pasado.
Pero ayer ya es un recuerdo.
Y el tiempo un tecnicismo usado en el manicomio.
Y yo misma, un recuerdo de lo que soy cada vez que pasan tres cuartos de hora.
Lo único que sé recordar es
las veces que he sabido
ser yo.
Y quien se arrepienta de lo humano,
que no se atreva a criticar lo imperfecto.
Hay muchas razones para recordar.
Pero yo, hoy,
no tengo ninguna.
(https://www.safecreative.org/work/1201130908368)
lunes 9 de enero de 2012
*
¿Cómo lo harás?
¿Qué harás?
¿Cuándo?
¿Es un bando o
veinticuatro trincheras de horas?
Me domino, dominó. Caigo, caigo, caigo, efecto balance efecto exponencial. Retrocedo, avanzo, subo, subo, freno. Hay un corto plazo de reenvío. Una siesta de ojos. Un final comenzado, un comienzo estrecho. El cuello de la botella ahogándome la sed del susurro. Precisión de un grito que huele a extensión. Avanzo, vuelvo, regreso, expiro. Desuso del aire. Raíces, donde sólo se envenenan los miedos de otra semilla. Condensación. Una habitación completamente vacía de huecos llenos. Y luego, otra vez. Otra vez. Explota el latido, reposando en los brazos del último abrazo, de la sintonía de un adiós mezcla de bienvenida y desplome. Y luego, hipotermia. Sostenibilidad del desequilibrio, calma templada. Epidermia de escalofríos. Dermatitis en el corazón, y un famélico beso contra la almohada que da tumbos destapando la piel.
La mirada se desenfoca, no sabiendo centrar el punto de fuga en este cuadro de Turner que se emborracha de luz. Hasta el agua sabe a fuego. Un mediodía a medias. Un sofoco espiral que escala los dedos hasta colmar de Sonata Fúnebre un Chopin en ascuas. Como tocando el piano en temblores de espuma. Ese oleaje de hondas. El mar en los nudillos sólo puntea la resaca.
Ya sé. Ya sé, que por mucho que contraataque con toda la fuerza de las venas, siempre habrá un riego de sangre que no te alcance. Que no veas destilar.
Que por tanto que anude el cielo para oscilar cuatro meses, habrá un mecer distinto en la salud de tu vida. Y que aunque enfermes, no habrá cura que pueda donarte más que la entrega sin condiciones. Y un asterisco que cuente más historias que cien siglos de literatura.
Lo sé. Que mirándote he aprendido a contar paisajes en el desierto.
Que presiento más desde que me hice experta en abrazarte con una sonrisa.
Ya sé. Que por mucho que empuje para arriba, la gravedad de tu inercia me mantendrá bajo tierra.
Estoy subterránea.
Y aquí, debajo del mundo, no todo es como quisiera ahora, pero ha sido como quisimos ayer. Y será como sea. Como sea.
Saber esto es haber comprendido lo que significa el insomnio.
Haberle hecho el amor al insomnio. Una y otra vez. Una, una, una, una y otra vez. Hasta un número par.
Hasta un número infinito de veces, que sin querer, habían sido pocas.
Nunca era suficiente. Quizá esta era la lección.
Que tuve agujetas en el pecho.
Que nunca dejó de ser un asterisco (im)posible.
(https://www.safecreative.org/work/1201090882685)
¿Qué harás?
¿Cuándo?
¿Es un bando o
veinticuatro trincheras de horas?
Me domino, dominó. Caigo, caigo, caigo, efecto balance efecto exponencial. Retrocedo, avanzo, subo, subo, freno. Hay un corto plazo de reenvío. Una siesta de ojos. Un final comenzado, un comienzo estrecho. El cuello de la botella ahogándome la sed del susurro. Precisión de un grito que huele a extensión. Avanzo, vuelvo, regreso, expiro. Desuso del aire. Raíces, donde sólo se envenenan los miedos de otra semilla. Condensación. Una habitación completamente vacía de huecos llenos. Y luego, otra vez. Otra vez. Explota el latido, reposando en los brazos del último abrazo, de la sintonía de un adiós mezcla de bienvenida y desplome. Y luego, hipotermia. Sostenibilidad del desequilibrio, calma templada. Epidermia de escalofríos. Dermatitis en el corazón, y un famélico beso contra la almohada que da tumbos destapando la piel.
La mirada se desenfoca, no sabiendo centrar el punto de fuga en este cuadro de Turner que se emborracha de luz. Hasta el agua sabe a fuego. Un mediodía a medias. Un sofoco espiral que escala los dedos hasta colmar de Sonata Fúnebre un Chopin en ascuas. Como tocando el piano en temblores de espuma. Ese oleaje de hondas. El mar en los nudillos sólo puntea la resaca.
Ya sé. Ya sé, que por mucho que contraataque con toda la fuerza de las venas, siempre habrá un riego de sangre que no te alcance. Que no veas destilar.
Que por tanto que anude el cielo para oscilar cuatro meses, habrá un mecer distinto en la salud de tu vida. Y que aunque enfermes, no habrá cura que pueda donarte más que la entrega sin condiciones. Y un asterisco que cuente más historias que cien siglos de literatura.
Lo sé. Que mirándote he aprendido a contar paisajes en el desierto.
Que presiento más desde que me hice experta en abrazarte con una sonrisa.
Ya sé. Que por mucho que empuje para arriba, la gravedad de tu inercia me mantendrá bajo tierra.
Estoy subterránea.
Y aquí, debajo del mundo, no todo es como quisiera ahora, pero ha sido como quisimos ayer. Y será como sea. Como sea.
Saber esto es haber comprendido lo que significa el insomnio.
Haberle hecho el amor al insomnio. Una y otra vez. Una, una, una, una y otra vez. Hasta un número par.
Hasta un número infinito de veces, que sin querer, habían sido pocas.
Nunca era suficiente. Quizá esta era la lección.
Que tuve agujetas en el pecho.
Que nunca dejó de ser un asterisco (im)posible.
(https://www.safecreative.org/work/1201090882685)
martes 20 de diciembre de 2011
Cómo calla y cómo rompe.
Y mírala-, cómo levanta el vuelo cada vez que sonríe y cómo embiste al mundo con los ojos, como si fuese a decir- aquí me tienes, y no soy menos que tú.
Y mírala-, cómo inflama el aire de frío y tuerce la boca para apretar los dientes, como si fuese a decir- aquí estoy, y todo mi miedo es también el tuyo.
Y mírala, dice, cómo rompe el agua en la garganta y hace garabatos con el cielo. Cómo empuja las palabras que no dice para que digan algo. Para que digan algo.
Cómo invierte horas de sueño en un latido. Cómo le cuesta conciliar la vida.
Cómo estornuda y cómo tose.
Cómo enreda un mes de invierno para que sea verano.
Y mírala-. Cómo creen conocerla y cómo no la conocen.
Cómo un atlas de líneas cruzan los lunares que parten de su espalda.
Y mírala, cómo se pierde consigo misma. Cómo calla y cómo rompe. Cómo calla y cómo rompe. Cómo llora y cómo ríe. Cómo si fuese a decir -Yo siempre gano, porque sé esconderme.
Y la encontré jugando sola.
Y le propuse un pulso.
Y desde entonces
juega con su fuerza
para que no le gane al escondite.
Y mírala-, cómo inflama el aire de frío y tuerce la boca para apretar los dientes, como si fuese a decir- aquí estoy, y todo mi miedo es también el tuyo.
Y mírala, dice, cómo rompe el agua en la garganta y hace garabatos con el cielo. Cómo empuja las palabras que no dice para que digan algo. Para que digan algo.
Cómo invierte horas de sueño en un latido. Cómo le cuesta conciliar la vida.
Cómo estornuda y cómo tose.
Cómo enreda un mes de invierno para que sea verano.
Y mírala-. Cómo creen conocerla y cómo no la conocen.
Cómo un atlas de líneas cruzan los lunares que parten de su espalda.
Y mírala, cómo se pierde consigo misma. Cómo calla y cómo rompe. Cómo calla y cómo rompe. Cómo llora y cómo ríe. Cómo si fuese a decir -Yo siempre gano, porque sé esconderme.
Y la encontré jugando sola.
Y le propuse un pulso.
Y desde entonces
juega con su fuerza
para que no le gane al escondite.
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